El fauvismo es sinónimo de libertad, de fuerza, de transgresión. En la pintura fue el estandarte de la revolución del color, de la ausencia de la perspectiva y del desapego a la tradición. La intensidad y la vitalidad arrolladora de un grupo de jóvenes artistasformados en distintos talleres modificaron el curso del arte en la primera década del siglo XX.
Henri Matisse fue su representante por excelencia y estuvo acompañado por otros artistas con los que compartió una nueva visión de la pintura y un deseo constante por aprender y experimentar. Él junto a André Derain y Maurice de Vlaminck lideraron el grupo, en el que también se incluyeron Albert Marquet, Henri Manguin, Charles Camoin, Jean Puy, Raoul Dufy, Othon Friesz, Georges Braque, Georges Rouault y Kees van Dongen.
Estos defensores a ultranza del color exacerbado y de la ejecución de la obra a través de la percepción individual desarrollaron varios temas con especial dedicación, como los retratos entre los miembros del grupo, los paisajes lumínicos, la atmósfera del mediterráneo francés, los espacios intimistas y la sórdida atmósfera nocturna.
En este breve, pero apasionado periodo artístico, los fauves sucumbieron a las fuentes del postimpresionismo de Van Gogh, Cézanne y Gauguin y al neoimpresionismo de Signac, de tal manera que el conjunto de su obra se consideró como una revelación única para el cubismo y el expresionismo, dos de las vanguardias más relevantes de principios del siglo XX.
El propio nombre del movimiento nació como un insulto convertido después en etiqueta de prestigio: fue el crítico Louis Vauxcelles quien, al ver las salas que estos pintores compartían en el Salón de Otoño de París de 1905, junto a una escultura de estilo clásico, exclamó que aquello parecía «Donatello au milieu des fauves» («Donatello entre las fieras»), en alusión a la violencia cromática de los lienzos que rodeaban la pieza renacentista. El calificativo, pensado como burla, quedó fijado para siempre como nombre del primer gran movimiento de vanguardia del siglo XX en Francia.
A diferencia de otras vanguardias posteriores, el fauvismo careció de manifiesto y de una doctrina cerrada: fue, ante todo, una manera compartida de entender el color como elemento autónomo, independiente de su función descriptiva, que permitía a cada artista construir el espacio pictórico mediante contrastes cromáticos puros en lugar de mediante el claroscuro tradicional. Esta libertad explica por qué el grupo se disolvió con la misma rapidez con que se había formado, hacia 1908, cuando varios de sus integrantes —entre ellos Braque— derivaron ya hacia el cubismo naciente, mientras que Matisse profundizó en solitario esa exploración del color que marcaría el resto de su carrera. La exposición de Fundación MAPFRE, con préstamos de instituciones como la Tate de Londres o el Centre Pompidou de París, reconstruye precisamente ese arco breve pero decisivo, apoyándose en obras poco conocidas procedentes de colecciones privadas junto a los grandes nombres del movimiento.