El Reina Sofía refuerza su colección en 2025: repatriaciones, genealogías críticas y un museo en transformación

El Museo Reina Sofía cerró 2025 con una de las ampliaciones más significativas de su historia reciente: la incorporación de 404 obras de 130 artistas, con un valor global de 10,6 millones de euros, a través de adquisiciones, donaciones y depósitos. Lejos de responder a una lógica acumulativa, estas incorporaciones se inscriben en una estrategia museológica claramente definida, orientada a completar lagunas históricas, reforzar líneas de investigación ya activas y preparar la nueva presentación de la colección, cuya primera fase se inaugurará en 2026 con la apertura de la cuarta planta del edificio Sabatini.

Desde Arte.news, leemos este conjunto de incorporaciones como un gesto estructural: no se trata solo de sumar nombres u obras relevantes, sino de reordenar el relato del arte moderno y contemporáneo desde una perspectiva crítica, atenta a las cuestiones de género, exilio, colonialidad y prácticas disidentes. En este sentido, resulta especialmente elocuente que el 58,6 % del presupuesto destinado a adquisiciones por el Museo y el Ministerio de Cultura se haya dedicado a obras de mujeres artistas, una cifra que consolida una política sostenida en los últimos años.

Uno de los hitos patrimoniales más destacados de 2025 es la incorporación de Verbena de la Pascua (1927) de Maruja Mallo, una obra emblemática que la artista vendió durante su exilio argentino y que regresa ahora a una colección pública española. Para Arte.news, esta adquisición —realizada con el apoyo decisivo del Ministerio de Cultura— trasciende su valor artístico: supone la repatriación simbólica de un bien exiliado y refuerza la lectura del exilio como eje estructurante de la colección del Museo. Junto a ella, la entrada de Perfil de joven [Joven negra] amplía la representación de una artista clave de la Generación del 27 desde una perspectiva feminista y moderna.

La revisión de los relatos del siglo XX se extiende a otras incorporaciones significativas, como las obras de Delhy Tejero, que permiten articular por primera vez una presencia sólida de la artista en el Museo, o la entrada de figuras vinculadas a la segunda ola del feminismo, entre ellas Esther Boix, Amèlia Riera o Judy Chicago, cuya obra Women and Smoke refuerza el diálogo internacional del Reina Sofía con los movimientos feministas de los años sesenta y setenta.

El Museo ha continuado asimismo su labor de completar genealogías fundamentales del arte español de posguerra y de la Transición. La adquisición de A barca de Caronte de Isaac Díaz Pardo refuerza la línea de investigación sobre el exilio gallego, mientras que la incorporación de Proyecto de uso de La Chantría de Isidoro Valcárcel Medina y la donación de otras obras del artista permiten trazar una panorámica inédita de su práctica conceptual, tradicionalmente difícil de acceder en el mercado.

En fotografía y artes del objeto, la entrada de la serie completa Herbarium de Joan Fontcuberta, junto a obras de Darío Villalba, Maider López o Victoria Civera, consolida el interés del Museo por las prácticas críticas de la imagen desde los años ochenta hasta la actualidad. En escultura, destacan piezas como L’Aragonais ou Jeune homme à la marguerite de Pablo Gargallo, así como incorporaciones de artistas activos desde los años setenta hasta hoy, ampliando el relato tridimensional de la colección.

El capítulo de donaciones, con 249 obras de 42 artistas valoradas en más de 3 millones de euros, evidencia el papel de la sociedad civil, los herederos y los propios artistas en la construcción del patrimonio público. Resulta especialmente relevante la entrada del archivo de Miguel Benlloch, que convierte al Reina Sofía en la institución con la representación más completa de su trabajo performativo y activista, así como las donaciones de Juan Genovés, Soledad Sevilla o Juan Uslé, que refuerzan momentos clave de la historia reciente del arte español.

Desde una perspectiva internacional, las incorporaciones de artistas latinoamericanos, africanos y de la diáspora —como Giuseppe Campuzano, Lara Salous, Juan Roberto Diago o Ariella Aïsha Azoulay— consolidan el posicionamiento del Museo como un espacio atento a las narrativas poscoloniales, a la denuncia del racismo estructural y a las políticas de la memoria. Estas líneas dialogan, además, con el crecimiento de los fondos vinculados a prácticas LGTBIQ+, el activismo y la crítica institucional.

El papel de la Fundación Museo Reina Sofía, que ha aportado obras por valor de 4,6 millones de euros, resulta clave en este ecosistema. Sus adquisiciones y donaciones refuerzan especialmente el eje latinoamericano y las prácticas contemporáneas, subrayando la colaboración público-privada como motor de crecimiento del Museo.

En conjunto, las incorporaciones de 2025 dibujan un Reina Sofía en transformación, que se prepara para reordenar su colección permanente desde la Transición hasta la actualidad sin renunciar a una lectura crítica del pasado. Más que una ampliación cuantitativa, este ejercicio evidencia una voluntad de reescritura histórica, donde el museo se afirma como un espacio de investigación, reparación simbólica y debate público.

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