Los grandes lienzos abstractos de Margharet cuelgan hoy con la misma naturalidad de las paredes de una mansión en Marbella que de un apartamento en Park Avenue. La pintora catalana prepara ya el lanzamiento de Nebrissa, su próxima colección, homenaje a su estancia en la ciudad de Lebrija.
Castelldefels, septiembre de 2026. Hay pintores que trabajan para una pared y pintores que trabajan para un mundo. Margaret Manzano pertenece claramente al segundo grupo. Sus cuadros de gran formato, piezas capaces de dominar un salón entero, se han convertido en un habitual de dos escenarios tan distintos como exigentes: las mansiones de Marbella, frente al Mediterráneo, y los apartamentos de Park Avenue, en pleno corazón de Manhattan. Dos geografías, dos ritmos de vida, un mismo lenguaje pictórico que parece no conocer fronteras.
La obra de Margharet se reconoce antes incluso de leer la firma. Comenzó su formación en la Escuela de Artes y Oficios de Barcelona, donde descubrió su vocación, y desde entonces no ha dejado de crecer experimentando. La artista ha construido un método propio que renuncia deliberadamente al pincel: trabaja con las manos, con palos y con agujas de precisión, dejando que la textura y el gesto directo sustituyan a la herramienta tradicional. El resultado son composiciones abstractas de una densidad casi física, en las que el color acompaña siempre al dorado, en sus muy diferentes tonalidades, y se convierte en protagonista absoluto.
Esa escala monumental no es un capricho técnico, sino una decisión conceptual. Margharet busca que el espectador quede envuelto por la obra, que el lienzo ocupe el campo visual por completo y difumine, aunque sea por un instante, el límite entre la pintura y el espacio que la acoge. Es precisamente esa ambición la que explica su presencia simultánea en dos mercados tan exigentes como el de Marbella y el de Nueva York: coleccionistas que buscan piezas capaces de sostener el peso visual de estancias igualmente grandes, ya sea junto al mar o sobre el skyline de Manhattan.
Entre gesto y gesto de sus manos desnudas asoma también otra faceta suya, más discreta: una pasión por las telas, sedas antiguas y mantones de Manila de los siglos, de las que es reconocida coleccionista, y que de vez en cuando se cuelan en sus tonos y texturas, aunque sin robarle nunca protagonismo a lo esencial, que es su pintura.
Ahora, Margharet encara un nuevo capítulo. Su próxima colección, bautizada Nebrissa, es un homenaje directo a su estancia en Lebrija, la ciudad sevillana cuyo nombre antiguo, Nebrissa, le da título. Quienes siguen su trayectoria saben que la artista no trabaja desde la distancia: sus colecciones nacen de una inmersión real en el territorio que las inspira. La luz del Bajo Guadalquivir, el peso histórico de una ciudad ligada a Antonio de Nebrija y el eco de los atardeceres gaditanos se filtrarán, según adelanta ella misma, en una paleta más terrosa y en composiciones que dialogan con la arquitectura andaluza sin caer en lo literal.
El lanzamiento de Nebrissa se presenta así como el siguiente paso natural de una carrera construida a base de grandes formatos y territorios propios, la última prueba de que Margaret Manzano sigue entendiendo la pintura como un espacio que no pide permiso para expandirse: lo reclama, lo transforma y, finalmente, lo habita.
Parte del trabajo de Margharet nace ya con destino fijado: pinta, a menudo, por encargo, para un espacio en concreto. Por ello apenas quedan piezas disponibles para exponer. Sus obras viajan directamente del taller a la pared que las espera.
Margharet ya avanza su siguiente destino: tras completar Nebrissa, la pintora regresará a Castelldefels, donde reside desde hace años, antes de instalarse en Figueres para dar forma a sus próximas creaciones. Le atrae, cuenta, dejarse llevar por la tramuntana, el viento más característico del Empordà, y convertir esa fuerza en parte del proceso creativo de la nueva serie.
R. Prieto /Arte.news
